jueves, 18 de febrero de 2016

EPILOGO DEL EPISODIO IV

EPILOGO DEL EPISODIO IV

A menudo hemos destacado, en el análisis de las complejas vicisitudes del Almirante Cristóbal Colón y su hallazgo que cambió la concepción de ver al mundo para siempre, errores y contradicciones. Sin embargo, no faltaron algunas felices elecciones, afortunadas intervenciones, oportunas astucias. Pero, en conjunto, el juicio sobre las virtudes políticas del Almirante, no puede ser positivo.

Se ha dicho que Colón era un hombre todavía medieval. Otros pusieron de relieve su espíritu renacentista y escribieron que “su alma era superior al siglo en que vivió”. En realidad, él se sitúa en medio de las dos edades: medieval era su planteamiento teórico; medieval, con su visión losóca- teológica y los presupuestos mismos de sus concepciones cientícas. Renacentista era su ardor investigador, el vivísimo sentido de la naturaleza, la capacidad de afrontar las explicaciones de los hechos y los fenómenos hasta entonces todavía no observados o explicados.

Por estos aspectos él tenía la típica psicología del hombre moderno, concreto y práctico hasta el detalle más exagerado; se aba sólo de las experiencias directas, que intentaba adquirir. La misma definición se puede dar de su espíritu religioso. El mismo se sustentaba sobre una base medieval cristiana y católica en sentido moderno. Tuvo una fe fuerte, sincera e inagotable. Desprovista, en cualquier momento y en cualquier circunstancia por difícil que fuera, de supersticiones e hipocresías.

Colón nunca fue clerical. En defensa del verdadero cristianismo, no dudó en enfrentarse con sacerdotes, frailes y obispos; de la misma manera que, en la común interpretación de los acontecimientos de su vida, encontró en algunos frailes y obispos bienestar, consuelo, amistad. Sobresale de entre todos, también a este propósito, Fray Antonio de Marchena, sin duda el mayor protagonista, después de Colón, de la más grande aventura en la historia del Nuevo Mundo.

Cuando se encontraba con los riesgos sobrehumanos de las tempestades, recurría a la Virgen María y a los santos, sobre todo él, quien, como todo marino, se encomendaba a Nuestra Señora de la Antigua, Patrona de los Navegantes. Cuando era herido por las envidias, las maldades, las codicias, las perfidias de los hombres, y sobre todo, cuando tenía que soportar la incomprensión, o la que él juzgaba la injusticia del Rey, el Almirante reaccionaba siempre con la humildad del cristiano, con la resignación del creyente, que mira más allá de los límites de la vida terrenal.

Fue una persona muy devota, sobre todo de María Santísima y de San Francisco. Conocía a la perfección el Antiguo y el Nuevo Testamento, que citaba ante el más terrible peligro, de los muchos con los que tuvo que enfrentarse en sus constantes vicisitudes de “amor y guerra” en el “océano de la vida”. Esta religiosidad es importante, porque demuestra una “hiperdulía” muy especial a la Virgen, -devoción muy arraigada en su persona- y en la de San Francisco, que precisamente no eran fruto de supersticiones, sino que encajaban dentro de una piedad sistemática.

Debemos destacar, que la continua y obsesiva búsqueda de oro y de riquezas, para Colón, siempre estaba orientada hacia un fin bien preciso: la cruzada para la reconquista del Santo Sepulcro. Pero este espíritu de cruzada ya no era el de la Edad Media. Era un nuevo espíritu, renovado a la luz de los efectos psicológicos de la caída de Constantinopla, la otra gran capital, -con Roma- de la Cristiandad. El espíritu de las cruzadas ya no indicaba sólo la aspiración a la reconquista de los Santos Lugares. Señalaba algo mucho más grande: unir de nuevo lo que había sido dividido; conducir el mundo otra vez hacia su unidad, ya que en éste, la Cristiandad había sido quebrantada por el Islam.

Podemos discernir sobre su religiosidad, afirmando sin miedo a exagerar, que la idea cristiana y católica del mundo constituyó el pilar sustancial y principal de la personalidad de Colón. Y no hay contraste entre esta afirmación y la igualmente categórica de que él no fue un santo. No basta la fe, incluso cuando es inquebrantable; no bastan las pruebas de humildad, de resignación, y, a veces, pero no a menudo, de generosidad. Subsisten otras pruebas de orgullo, de afición al dinero y a los privilegios, de desconfianza, casi de mezquindad, de favoritismo hacia parientes y familiares, de indiferencia ante el horrendo ejercicio de la esclavitud, actitudes que viven en cada uno de nosotros y de las cuales no estamos exentos de sufrirlas. Tan fuerte era la “fe” de Colón, tan débil e intermitente su “caridad”. Por eso no fue un santo. Fue, y no es poco en cada momento de su vida, un convencido, profundo, tenaz “defensor de la fe”.

Es falsa la imagen de un Colón aventurero. Él nunca la rechazó, sino al contrario, buscó la aventura, la buscó a menudo o, para ser más exactos, casi siempre; fue en busca de ella y la vivió despreciando el peligro, con el ardor y el valor típico de quien es consciente de sus virtudes y fuerte por la ayuda divina. Toda la vida del Almirante fue maravillosa, por momentos alegre, por momentos triste. Ahora bien, Colón es definido como un aventurero sólo por quien quiere disminuir sus méritos, quien tiende a considerar sus éxitos debidos a la fortuna, o sea a la casualidad. En este sentido, Colón fue mucho más que un aventurero. Sus méritos están unidos a sus éxitos, pero fueron la causa, no el efecto.

Colón tenía, en grado máximo, las dotes físicas de un marino: una vista y un oído perfecto, un sentido del olfato excepcional. Todos sus escritos lo revelan. Muchos, entre los que lo conocieron, han exaltado sus extraordinarias cualidades olfativas y nos han dejado el testimonio de su aguda sensibilidad para los perfumes. Alguien la entendió como una manifestación de afectación; por el contrario, se trataba de la expresión de una “facultad” o “talento” que él tenía de una manera desproporcionada en comparación con los otros hombres; una facultad innata, que constituyó uno de los componentes básicos y determinantes de su sexto sentido, el sentido del mar.

Colón, recién llegado a un “nuevo mundo y bajo otro cielo”, observaba atentamente el aspecto de las nuevas tierras, la fisonomía de las plantas, las costumbres de los animales, la distribución del calor, las variaciones del magnetismo terrestre. En su bitácora de a bordo y en sus notas abordaba, en casi todos sus puntos, conceptos de la ciencia vigentes durante la segunda mitad del siglo XV y todo el XVI. A pesar de la falta de sólidos conocimientos de historia natural, el instinto de observación de Colón se desarrollaba de un modo múltiple en contacto con los grandes fenómenos físicos. Él no era un sabio. Era en gran parte, un autodidacta, pero, a pesar de todo, logró ser un gran geógrafo.

También resulta ser limitativo considerar a Colón sólo bajo el perfil del “genio marinero y geográfico”. Él fue un verdadero genio, en el sentido más amplio de la palabra. No tuvo solamente un “sentido marino y una aguda sensibilidad geográfica”: tuvo, junto con una fe inquebrantable, paradógicamente, un desmedido deseo de gloria, pero sí, estaba dotado de un carácter voluntarioso y firme, casi testarudo, con abundante valor y paciencia, memoria e imaginación.

En los momentos culminantes de sus innumerables aventuras, logró, no siempre, pero a menudo, hacer converger sus múltiples intuiciones y sus abigarradas virtudes en “determinaciones que sólo el genio es capaz de tomar”. Únicamente de esta manera se explica su renuncia a la familia, a las ganancias y, sobre todo, al mayor de sus sueños, el mar; durante muchos años, en su mejor edad: entre los treinta y cuatro y los cuarenta y dos años.

Así, y sólo así, se explica cómo pudieron realizarse sus cuatro empresas atlánticas y su capacidad de guiar, mandar, resistir, conservar un exacto juicio y poseer una lúcida percepción frente a la furia de los elementos y a las rebeliones de los hombres. De todo lo antedicho se destaca, indudablemente, la grandeza providencial de un genio.

ANUNCIAR Grupo Multimedio de Comunicación, Asociación Civil, desde la Argentina, agradece a todos los que, desde julio de 2010 a febrero de 2016, han hecho posible que el Radioteatro Internacional “El viaje que cambió al mundo”, sea uno de esos proyectos que rompen todos los escollos y limitaciones técnicas. Llenando el éter de la radio, con una maravillosa entrega educativa y comunicativa, en un despliegue de tecnología, nunca antes soñado en el medio radial, surgido a partir de un pormenorizado estudio sobre un hecho de carácter mundial: la aventura de Cristóbal Colón y su llegada a un Nuevo Mundo.

Esta producción, como una versión libre, inicialmente dirigida para ser emitida en medios de radiodifusión, posee un formato que permite una flexibilidad tal que posibilita adaptarlo a diversas plataformas multimediales y/o presenciales en muy diversos ámbitos de carácter educativo-cultural. Esto implica la posibilidad de generar un debate muy enriquecedor de los hechos históricos que se presentan en dicha producción, ya que muestra, tanto los valores como también las miserias del ser humano, presentes en todas las épocas de la humanidad.

Esta producción es como un “crisol” en donde convergen locutores de diferentes rubros, actores y actrices con variado matiz, técnicos en grabación, productores independientes, publicistas, vendedores de publicidad, community managers, escritores, radiodifusores, presentadores de televisión, cantantes, guionistas, intérpretes comerciales, personas y entidades católicas, cristianas y de diversos credos, etcétera.

A partir de esa pluralidad profesional y de oficios, éste es un complejo proyecto “multimedial” que, en su concepto básico de inicio, es muy simple: lograr reunir, de forma voluntaria, a una gran comunidad de amantes radiofónicos que desean difundir un mensaje diferente a través de un medio tan importante como lo es la Radio. Son personas entusiastas que donaron su tiempo y su talento, para que esta idea se convierta en una hermosa realidad.

La Radio, en nuestros días, necesita de creatividad, de cultura y de enlaces intergeneracionales. “El viaje que cambió al mundo” tiene, como singular característica, la de haber sido producido a través de la participación “virtual”, no presencial, de más de 437 comunicadores de habla hispana, especializados en diversos rubros y estilos, provenientes de más de 24 países de las tres Américas y Europa, (España y Francia, incluyendo los Países Bajos), lo cual implica un proyecto generador de vínculos unificadores, que surge del aprovechamiento de las nuevas tecnologías de la comunicación social.

Cuando se le pregunta al creador y director de este Radioteatro, el guionista y productor radial argentino, Alfredo Musante, si volvería a producir una obra como ésta, a pesar de ser, Cristóbal Colón, un personaje controvertido para muchos, él siempre responde:

“Cristóbal Colón no fue un viajero afortunado, que por casualidad se hace explorador. Fue explorador, porque era un creador, un verdadero inventor de una nueva idea, de una nueva perspectiva, lo cual, guste o no a muchos, implica que el Almirante fue un verdadero genio, y es por eso que volvería una y mil veces a escribir, a narrar y a contar su historia…”

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